La última vuelta de Rory McIlroy en este The Open Championship dejó una mezcla de orgullo competitivo y frustración contenida, una sensación ya conocida para el norirlandés en los grandes escenarios. Su 71 (+1) final fue el reflejo de una jornada en la que el juego nunca terminó de fluir con la naturalidad que él esperaba, pese a momentos de enorme calidad que mantuvieron viva la esperanza de una remontada improbable. McIlroy arrancó con buen pie, firmando un sólido 33 golpes en los primeros nueve hoyos, donde destacó su birdie en el 2 y la precisión con los hierros en los pares 3. En ese tramo inicial se vio al Rory más reconocible: agresivo, confiado y capaz de generar oportunidades incluso cuando el viento cruzado complicaba la elección de palo. Sin embargo, la segunda mitad del recorrido volvió a mostrar la cara más amarga de su semana.
En los segundos nueve hoyos, McIlroy entregó 38 golpes, lastrado por errores puntuales que terminaron pesando demasiado. El bogey del 11 y, sobre todo, el doble bogey del 16 —un par 3 que castigó a muchos jugadores durante el torneo— frenaron en seco cualquier intento de acercarse a la parte alta de la clasificación. Aun así, el birdie del 17 mostró su carácter competitivo, ese impulso que nunca desaparece incluso cuando el domingo parece cuesta arriba. “He peleado cada golpe, pero no ha sido suficiente. El putt no ha estado donde necesitaba y en este torneo, si no conviertes, no puedes ganar”, reconoció McIlroy al terminar su vuelta, visiblemente decepcionado pero sereno.
El balance general del torneo para Rory McIlroy es tan complejo como familiar: juego largo excelente por momentos, capacidad para generar opciones y una consistencia que lo mantiene siempre cerca, pero sin el golpe definitivo que marca la diferencia en los majors. “Me voy con la sensación de que mi juego está ahí, pero necesito encontrar ese punto de chispa que marca la diferencia en los domingos importantes”, añadió. Su actuación, aunque lejos de la lucha por el título, confirma que sigue siendo uno de los jugadores más peligrosos del mundo cuando encuentra ritmo. El desafío, una vez más, es transformar esa solidez en victorias en los grandes escenarios.
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