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La contraprevia

Esperando al despertar de la bestia Shinnecock Hills

Esperando al despertar de la bestia Shinnecock Hills

jueves 18 de junio de 2026, 02:24h
Actualizado el: 18/06/2026 02:42h

Recuerdo perfectamente aquel mes de junio de hace 22 años, fue mi primer major, un estreno a lo grande. Shinnecock Hills me pareció inmenso en el primer vistazo; era la misma sensación de ver el mar por primera vez. Buscamos a Miguel Ángel Jiménez en su ronda de prácticas y el malagueño, en cuanto nos vio, salió disparado fuera de cuerdas.

—"Esta noche cenamos, estoy solo aquí y no puedo ya más con estos yankees".

Estaba alucinando. No llevaba ni dos años trabajando en el canal temático de golf y esta, sin duda, fue mi mejor experiencia.

Recuerdo la enorme debacle de Jiménez el primer día con nueve golpes en el par 3 del hoyo 11. Tuvo varios intentos por coronar el green en su approach desde una de las famosas zonas de escape del recorrido neyorkino y, en cada uno de ellos, su bola cruelmente no terminaba de llegar y le aterrizaba de vuelta en sus pies. La televisión americana repitió el lance a cámara rápida en una especie de moviola ridiculizante ante los comentarios jocosos de los comentaristas. Recuerdo también un buen torneo de Sergio, coronado con unos 80 golpes el último día, una última jornada que no olvidaré en mi vida.

Me dio por asomarme al hoyo 7 para ver pasar a los primeros partidos de la jornada. J.J. Henry y Kevin Stadler firmaron sendos triple bogeys. Recuerdo a Stadler pateando desde poco más de un metro del hoyo y ver cómo su bola rebasaba el agujero a cámara lenta para seguir rodando sin control hasta acelerarse hasta el búnker. El norteamericano se llevaba las manos a la cabeza y miraba a su alrededor. J.J. Henry, también con el putter en la mano, terminaba en el mismo destino. Ambos jugadores se miraban incrédulos, mientras la gente jaleaba la esperpéntica escena. Al siguiente partido no le fue mucho mejor: Cliff Kresge firmó otro meritorio triple bogey. A pie de green aparecieron los primeros oficiales de reglas y gente de la USGA, alertados por el runrún que comenzaba a sonar en la ronda final del tercer major de la temporada. Billy Mayfair embocaba un monumental putt para salvar un bogey y lo celebró con los brazos en alto, entre la sorna y el cachondeo del público. En ese momento la USGA decidió parar y, durante diez minutos, los operarios del torneo regaron la superficie del green. El +10 acumulado en un par 3 por los primeros cuatro jugadores del torneo no se lo quita nadie.

El ser humano tiene un trasfondo de naturaleza cruel y en muchas ocasiones llega a disfrutar con las desgracias ajenas. Supongo que es parte del atractivo del US Open. En la primera jornada del torneo de 1986 que conquistó Raymond Floyd se llegaron a contabilizar 45 rondas de 80 o peor resultado; la media de golpes se disparó hasta 77,9. El promedio de birdies por jornada en la victoria de Corey Pavin en 1995 fue de menos de dos. En las cinco ediciones en las que Shinnecock acogió el US Open, solo tres jugadores terminaron bajo par de un total de 654.

La clave de esta semana está, sin duda, en el juego más preciso de tee a green. No podríamos calificar a Shinnecock como un campo estrecho, pero el precio a pagar por cada calle fallada es alto, más aún por cada green que no se coja en regulación. La media de recuperaciones con éxito desde fuera de green tan solo asciende a un 23 %, cuando lo normal en el circuito es estar por encima del 50 % de recuperaciones exitosas. ¿Pero han aprendido en la USGA la lección del domingo de 2004 o del sábado de 2018? Parece que sí y, ante la llegada del viento que acompañará a los jugadores el jueves con rachas por encima de los 35 kilómetros por hora, la hoja de ruta es bastante clara: greenes más lentos (pasarán de los 12 pies inicialmente previstos a una cifra cercana a los 10), banderas accesibles y agua de refresco en los greenes. Nadie quiere volver a revivir escenas sonrojantes del pasado. Por fortuna para la USGA, entonces no existía el movimiento de las redes sociales que habría amplificado la masacre.

El reto de regular la complejidad de una jornada ciertamente impredecible no será sencillo. Pero me confieso en estas líneas finales ante la audiencia de El Periodigolf: no veo el momento de que empiece mi major favorito, no puedo esperar a sentarme delante del sillón con palomitas y cerveza y ver sufrir a los mejores jugadores del mundo. Espero que los dioses del golf puedan perdonarme algún día.

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