En Madrid amanecía un 24 de diciembre frío pero luminoso, de esos días en los que el sol parece esforzarse por abrirse paso entre el invierno para recordar que, incluso en la estación más dura, siempre hay un rayo de calidez esperando a quien quiera verlo. En el Club de Campo, las calles aún estaban casi vacías cuando Javier, con las manos heladas dentro de los guantes, llegó al tee del 1. No esperaba encontrar a nadie. La Navidad, pensaba, era para las familias, para los grupos ruidosos, para quienes tenían a alguien con quien compartirla. Él, en cambio, llevaba años acostumbrándose a pasarla solo, refugiado en el golf como quien se abraza a un viejo amigo que nunca falla.
Mientras preparaba su bolsa, escuchó pasos acercándose por detrás. Era Marcos, su compañero de partidas ocasionales, siempre sonriente, siempre dispuesto a romper silencios incómodos con alguna broma. “Sabía que te encontraría aquí”, dijo, dándole una palmada en el hombro. “Hoy no se juega solo, amigo”. Javier sonrió, agradecido sin decirlo. A Marcos le siguieron Lucía, la más joven del grupo, apasionada del golf y de la vida, y Ramón, veterano del club, que caminaba despacio pero pegaba la bola como si el tiempo no pasara por él. Ninguno había quedado con los otros, pero todos habían pensado lo mismo: nadie debía jugar solo en Navidad.
Decidieron salir los cuatro, sin prisas, sin tarjetas oficiales, solo por el placer de caminar juntos por un campo que parecía recién estrenado. El sol, bajo pero brillante, iluminaba la hierba húmeda y hacía que el vapor de sus respiraciones pareciera humo de chimenea. En cada golpe se mezclaban risas, comentarios técnicos y pequeñas confesiones que solo salen cuando uno se siente acompañado. Lucía contaba cómo la Navidad le recordaba a su abuelo, quien le enseñó a jugar; Ramón hablaba de los torneos de antaño, cuando el golf era más intuición que tecnología; Marcos relataba anécdotas de su familia, siempre caóticas pero llenas de cariño. Javier escuchaba, sintiendo cómo algo dentro de él se aflojaba, como si el frío que llevaba años instalado en su pecho empezara por fin a derretirse.

En el hoyo 9, un par 3 corto pero traicionero, decidieron hacer una pequeña competición amistosa: quien dejara la bola más cerca de bandera invitaría a los demás a un chocolate caliente en la casa club. Era una excusa perfecta para picarse un poco, para sentir la chispa de la competición sin perder la esencia del día. Lucía pegó un hierro impecable que botó suave y se quedó a tres metros. Ramón, con su swing pausado, la dejó a dos. Marcos falló por la derecha, riéndose de sí mismo antes incluso de que la bola tocara el suelo. Javier respiró hondo. No jugaba por ganar, pero hacía tiempo que no sentía esa mezcla de nervios y alegría. Pegó un golpe limpio, recto, que cayó a un metro de bandera. Los demás aplaudieron como si hubiera metido un hoyo en uno.
“Pues parece que hoy invitas tú”, dijo Marcos, guiñándole un ojo. Javier bajó la mirada, casi avergonzado por la emoción que le subía a la garganta. No era el golpe. Era el momento. Era sentirse parte de algo.
Siguieron jugando hasta el 18, disfrutando del sol que ya empezaba a caer y del silencio amable del campo. Al terminar, caminaron juntos hacia la casa club, donde el aroma del chocolate caliente y los villancicos suaves creaban un refugio perfecto contra el frío. Se sentaron los cuatro alrededor de una mesa, con las manos rodeando las tazas humeantes. Hablaron de planes, de recuerdos, de deseos para el nuevo año. Y, sin proponérselo, cada uno compartió algo que le pesaba, algo que llevaba tiempo guardando. No hubo juicios, solo escucha. No hubo consejos grandilocuentes, solo compañía.
Cuando se despidieron, ya entrada la tarde, Javier se quedó un momento mirando el campo desde la ventana. Madrid seguía fría, pero él no. Comprendió entonces que el golf, más que un deporte, era un puente. Un lugar donde la amistad se construía golpe a golpe, donde la competición podía ser sana y la soledad, si uno se dejaba acompañar, podía desvanecerse como el vaho en el aire.
La moraleja de aquel día, pensó mientras salía al aparcamiento, era sencilla y luminosa: en Navidad, como en el golf, lo importante no es el resultado, sino con quién caminas cada metro del recorrido. Y que, cuando la amistad y el compañerismo se abren paso, siempre ganan a la soledad y al egoísmo.