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Opinión

Generación espontánea

martes 28 de mayo de 2019, 12:56h

Una de las multidifusiones que está emitiendo actualmente Canal + me ha hecho mucha gracia y me parece muy interesante. Es un pequeño reportaje sobre un niño de unos dos años, lo justo para balbucear algunas palabras y mantenerse en pie con seguridad incluso cuando hace un “swing” de golf.

Cuenta su padre que un día llegó a casa y se lo encontró haciendo un “swing” más que aceptable con un palo. No con un palo de golf, con un palo. Se ve que le grabó con el teléfono y se observa al chavalín haciendo el movimiento mejor que muchos hándicaps altos que todos hemos visto más de una vez en esos campos de Dios.

Si te fijas cuando coincida que tengas el canal de golf encendido y lo emitan, verás que el muchacho acelera en la bajada como si fuera a darle a algo de verdad, y podrás comprobar que se queda mirando donde debería estar la bola sin que se le vaya la vista como nos ha ocurrido a todos al empezar en este bendito deporte. El tío se queda abajo como un “pro” y creo que se ha fijado mucho en los torneos que alcanza a ver mientras su padre los sintoniza, porque además de buen “swing” tiene un “finish” elegante.

Luego habla el orgulloso padre, que no me extraña que lo sea y que tal vez acabe de “manager” del rapaz, y cuenta que le compró un palo que se ve en las imágenes y que es de plástico hueco para que no se haga daño ni rompa demasiadas cosas. Es el turno entonces de unas tomas en un campo de golf en las que el niño coge el palo con el “grip” cambiado.

La mano derecha es la que queda arriba y la izquierda debajo, justo al contrario de lo que es normal en un jugador adulto que no sea zurdo. Recuerdo haber leído a Harvey Penick comentando que es normal que un niño, por instinto, empiece jugando de este modo, y que hay que dejarle que lo haga así mientras quiera. Llegará un día en que pregunte cómo hacer más metros con cada palo y entonces se le puede aconsejar que pruebe el “grip” convencional, ya sea el superpuesto o el entrelazado.

Pero nunca hay que intentar cambiarle contra su voluntad ni obligarle a que practique más de lo que él quiera. Veo esas imágenes y me encantan, poco después me interesaría saber si el niño sigue con su afición cuando crezca y, por último, me mata de envidia lo que tiene por delante y la buena pinta que exhibe.

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