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Opinión

En un país monocolor

lunes 08 de abril de 2019, 01:23h

Debe ser cosa de la edad. De peinar canas o, más bien, de echar de menos el poder hacerlo, pero me he puesto a darle vueltas a la semana del Masters y me he acordado de la abeja Maya. Y si, lo digo absolutamente en serio. Me he puesto en la piel de aquel bichejo rubio que vivía en un país multicolor, y he pensado: hay que ver lo mal que lo iba a pasa volando por el monocromático verde del Augusta National. ¿Qué quieren que les diga? Igual es que no son horas…

Lo que si es cierto, es que una de las cosas que hace más icónico este torneo es precisamente el corporativismo con el que se trata todo de puertas para adentro. Especialmente en lo que se refiere al color. Verde es la chaqueta del ganador y la de los socios del club. Verdes son las gorras de los caddies y también las más vendidas en la tienda de recuerdos. Verde es el polo con el que juegan la última ronda alguno de los que se ven ganadores en un intento de no desentonar mucho dentro de la chaqueta y verdes son los vasos por los que la mismísima Coca Cola abandona sus colores para ser decantada en un envase reglamentario. Nada se sale del guion. Nada hace pensar que haya vida más allá de Magnolia Lane.

Tampoco renuncian al dichoso color los jugadores que no atinan a encontrar su lugar en este torneo y ponen verde al mismísimo Alister Mackenzie. Si algo tiene esa tonalidad, es que deja la piel muy fina y a aquel médico metido a diseñador no se le ocurrió dejar una cura para los cabreos que iba a causar su obra. Menos mal que verde también es el color de la esperanza, esa que tiene los invitados de Fred Ridley cuando reciben la ansiada carta. Saben que si se da bien la semana y ganan el torneo su vida cambiará para siempre.

Porque el verde es el color del golf y este torneo, en contra de lo que opinan los puristas que prefieren hacerle ojitos al `Grande' europeo, es la cita más esperada del año y la que más réditos deja en la memoria de los aficionados. Sobre todo en la de los españoles que hemos visto como tres de los quince golfistas nacionales que han pasado por el torneo se han enfundado la chaqueta en cinco ocasiones. Menos de las que nos hubiera gustado y desde luego, muchas menos de las que somos capaces de perdonar. Si algo tiene el aficionado patrio, y me incluyo en el paquete, es que es absolutamente cainita y le cuesta perdonar los putts fallados y ya no les cuento ese extraño empeño de echar bolas al agua. Cosas de fans.

En fin, les confieso que el verde no es mi color favorito pero el Masters me encanta.

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