Luis experimentó una de las sensaciones más placenteras para un golfista. Atrás quedó un impresionante fin de semana de golf con sus amigos en Marbella. Ubicó sus palos en un compartimento habilitado en el tren Iryo 6189, con salida desde la Estación María Zambrano de Málaga, y por fin recayó en su asiento agotado. Son esos momentos de relax que contrastan con la agonía nostálgica de un domingo, que culmina un viaje de golf. Seguramente por la relajada mente de Luis pasarían entonces las secuelas de un fin de un fin de semana inolvidable: golpes, risas, cervezas, todo mezclado con el cansancio lógico y las ganas de llegar a Atocha, abrazar a su familia e iniciar su rutina semanal.
Lo cierto es que, en esos momentos de paz, previos al infierno, Luis jamás hubiera podido sospechar que los palos de golf podrían haberle salvado la vida. “Viajaba con los palos de golf y cuando pregunté me dijeron que mi billete no los incluía, así que tuve que hacer un upgrade y me pasaron del vagón número 7 al de clase preferente, que era el 3”. Gracias a sus voluminosos palos de golf, Luis Domingo escapó del vagón número 7, uno de los tres que descarrilaron en el accidente mortal del pasado domingo, donde de momento hay ya 43 fallecidos. Su asiento quedó vacío. Varios de los que tenían que haber sido sus vecinos de viaje ya no pueden contarlo; otros se recuperan de sus heridas.
“El tren empezó a botar, fue como si circularas por una carretera y de pronto cambias a un camino de tierra”, describía Luis en el programa La Tarde de la cadena COPE a la periodista Pilar García Muñiz. “No fui consciente de haber descarrilado, pensé que habíamos atropellado algo… hasta que vimos que los asistentes de Iryo pasaban con la cara descompuesta buscando sanitarios”, revelaba todavía emocionado antes de describir la dantesca escena cuando se bajó del tren: “gente gritando, gente con sangre, gritos que pedían médicos”.
A Luis y a los que tuvieron la suerte de salir ilesos les reubicaron en un autobús y, a las seis de la mañana, entraba por fin en casa para culminar un fin de semana de golf con el final más cruel que nadie jamás hubiera podido imaginar. “Quiero agradecer a la gente de Ademuz: fue espectacular; nos cogieron las maletas, nos dieron mantas, comida, lo que quisiéramos. Hay gente buena en este mundo”. Bien lo puede corroborar Luis cuando de madrugada llegó a la estación de Atocha: “Gente del Samur, psicólogos, nos estaban esperando por lo que pudiéramos necesitar. Yo estaba bien y cogí un taxi a casa”.
Todavía se emociona al recordar el gesto del taxista: “Cuando llegué y fui a pagar con la tarjeta, el taxista me dijo que no le debía nada: ‘Estamos aquí para ayudar’, me dijo”. Luis abrió sigiloso la cerradura de su casa, cargando con los benditos palos de golf. Al otro lado, su mujer lo esperaba despierta para abrazarlo. “Solo pensé que era un afortunado”.