"No creo que llegara a sentirlo como algo imposible", confesó después. La reacción fue inmediata, casi instintiva. Birdies en el 7 y el 8 para recuperar el aliento. "Esos me dieron oxígeno", explicó, en una de esas frases que resumen lo que significa pelear contra Augusta: sobrevivir hoyo a hoyo.
Pero si hay un golpe que definió este Masters, fue el del hoyo 12. El Golden Bell. El corazón de Amen Corner. Allí, donde tantas chaquetas verdes se han perdido en el viento traicionero, McIlroy construyó la suya. Esperó. Observó la bandera del 11. Sintió el aire. Y ejecutó.
"Fue un hierro 9 perfecto de tres cuartos. Apunté al centro del búnker… Un golpe enorme, absolutamente enorme"
El resultado fue un birdie que cambió la inercia del torneo y que llevaba, además, una enseñanza de largo recorrido. La de Tom Watson, quien en 2009 le dejó una lección que hoy cobró sentido: esperar, sentir el viento real y entonces golpear.
A partir de ahí, todo giró en torno a los pares 3. La salvada en el 16, el temple en el 12, la resiliencia en cada momento crítico. Incluso el chip del 17, otro golpe de enorme valor en un domingo que exigía precisión quirúrgica. Fue, en palabras del propio McIlroy, un triunfo construido desde el juego corto: "Al drive le daría un notable bajo… pero al juego corto, al putt y a los golpes de aproximación les doy un sobresaliente con matrícula. Eso es lo que me ha dado el torneo".
La noche del sábado había sido clave. En el campo de prácticas, corrigiendo un draw excesivo que le había castigado. Ajustando el cuerpo, abriendo la base en el impacto. Trabajo invisible que se transformó en oro el domingo.
Y luego estuvo lo emocional. Porque esta victoria también se jugó fuera de las cuerdas. McIlroy convenció a sus padres para que viajaran a Augusta, después de que el año anterior no estuvieran presentes. "Creían que la razón por la que gané el año pasado era que ellos no estaban aquí", contó entre risas. El reencuentro en el green del 18 fue, quizás, el momento más poderoso del día. "No habría estado aquí sentado si no fuera por ellos".
Con 36 años, McIlroy alcanza su sexto major, igualando a Nick Faldo y superándolo en Masters. El debate sobre el mejor europeo de la historia vuelve a escena. Él no lo rehúye, pero tampoco se instala en él. "Es una conversación difícil… pero me alegra estar en ella".
Lo que sí tiene claro es que esto no es un punto final. Ni siquiera un destino. "El año pasado sentí que el Grand Slam era el destino. Ahora sé que no lo era. Esta victoria es parte del viaje". Y remata con hambre intacta: "No quiero parar aquí".
Augusta, una vez más, no coronó al mejor jugador de la semana. Coronó al que mejor entendió el sufrimiento. Y en ese idioma, hoy por hoy, nadie habla con más fluidez que Rory McIlroy.