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Veinticinco años del 59 que cambió el golf femenino

Marzo de 2001

Redacción Elperiodigolf.com | Martes 17 de marzo de 2026

Hace veinticinco años, en marzo de 2001, el golf femenino asistió a un acontecimiento que redefinió los límites del deporte: la primera vuelta de 59 golpes en la historia del LPGA Tour. La protagonista fue Annika Sörenstam, una jugadora que ya apuntaba a la grandeza, pero que ese día en Phoenix se elevó a una dimensión reservada únicamente a los mitos. Su 59 en el Standard Register Ping no fue solo un récord: fue una ruptura del espacio-tiempo competitivo, un mensaje al mundo de que el golf femenino podía alcanzar cotas que hasta entonces parecían inalcanzables.






La vuelta perfecta: precisión quirúrgica y una mente en trance competitivo

El 59 de Sörenstam no fue fruto de un arrebato, sino la culminación de un proceso técnico y mental que llevaba años construyéndose. Aquella mañana, la sueca jugó con una pureza mecánica que rozó lo sobrenatural. Encadenó diez birdies y un eagle, pero más allá de los números, lo que asombró fue la forma: hierros que aterrizaban como proyectiles teledirigidos, putts que entraban con la suavidad de una caricia y una toma de decisiones que parecía anticiparse al propio campo.

Su swing, compacto y explosivo, funcionó como un metrónomo. La rotación de caderas, la estabilidad del tren inferior y la sincronización entre brazos y torso alcanzaron un nivel de armonía pocas veces visto. Técnicamente, fue una exhibición de control del spin, lectura de caídas y gestión del ritmo. Mentalmente, un ejercicio de trance competitivo: Sörenstam confesó años después que no sintió nervios hasta los últimos hoyos, cuando su caddie le recordó que estaba ante la historia.

Ese equilibrio entre frialdad y ambición fue lo que le permitió cerrar la vuelta sin errores, sin dudas y sin un solo golpe regalado. Fue la demostración de que la excelencia absoluta en golf no es una suma de aciertos, sino un estado de gracia.

La forja de una campeona: de niña tímida a icono global

La gesta del 59 no puede entenderse sin la historia personal de Annika Sörenstam. De niña, su timidez era tal que evitaba incluso recoger premios por miedo a hablar en público. El golf se convirtió en su refugio, en un espacio donde podía expresarse sin palabras. Su evolución fue un ejemplo de disciplina silenciosa: entrenamientos meticulosos, preparación física pionera en una época en la que pocas jugadoras trabajaban con la intensidad de un atleta profesional, y una mentalidad competitiva que se fue templando con cada victoria.

Ese carácter reservado escondía una determinación feroz. Su salto al profesionalismo, sus diez majors y sus 72 triunfos en el LPGA Tour fueron el resultado de una ética de trabajo casi obsesiva. El 59 fue la cristalización de esa trayectoria, el momento en que todo lo aprendido, sufrido y perfeccionado se alineó en una sola vuelta.

Un legado que trasciende generaciones






Hoy, un cuarto de siglo después, aquel 59 sigue siendo un faro. No solo por su valor estadístico, sino por lo que simboliza: la capacidad de una deportista para expandir los límites de su disciplina. Annika Sörenstam abrió puertas, inspiró a generaciones y demostró que el golf femenino podía ser tan espectacular, técnico y exigente como cualquier otro.

Su vuelta perfecta permanece como un recordatorio de que, en el deporte, hay días que no pertenecen al calendario, sino a la eternidad.

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