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Gary Player, Augusta y los nietos: el green que la tradición convirtió en territorio prohibido para la familia

Conflicto entre tradición, familia y golf profesional

Redacción Elperiodigolf.com | Viernes 13 de febrero de 2026
El Augusta National siempre ha sido un lugar donde la tradición pesa más que un hierro 1 de los años sesenta, y donde las reglas —esas que nadie ha visto escritas pero todos temen romper— parecen dictadas por un comité secreto de mayordomos victorianos. En ese escenario tan exquisitamente rígido, Gary Player, uno de los mejores golfistas de la historia, tricampeón del Masters y miembro honorario del club, debería moverse como en casa. Pero no: últimamente su relación con Augusta se parece más a un matrimonio de conveniencia que a un romance eterno. Y todo por algo tan escandaloso, tan revolucionario, tan peligrosamente subversivo como… querer jugar una ronda con tres de sus veintidós nietos. Un acto de rebeldía comparable, al parecer, a intentar poner música en el Amen Corner.

La historia tiene su gracia amarga. Player, que junto a Jack Nicklaus y Tom Watson inaugura cada año el Masters golpeando la primera bola como “Honorary Starter”, pidió en varias ocasiones permiso para llevar a tres de sus nietos a jugar al Augusta National. No hablamos de invadir el campo con un autobús escolar, ni de organizar un torneo infantil clandestino. Solo tres nietos. Tres. Pero el club, fiel a su estilo hermético, dijo que no. Y no solo dijo que no: dijo que no varias veces, con la misma firmeza con la que uno rechaza un mal lie en un búnker. Player, que nunca ha sido tímido para expresar sus opiniones, lo contó públicamente. Y ahí empezaron los temblores.






Porque si hay algo que Augusta National detesta más que un green mal cortado es que alguien airee sus asuntos internos. Y Player, sin querer o queriendo, lo hizo. A eso se sumó otro episodio reciente: su hijo Wayne Player fue vetado del Masters por usar una caja de pelotas como anuncio durante la ceremonia de Honorary Starters, justo detrás de Nicklaus y del propio Gary. Un product placement tan descarado que ni en un vídeo de YouTube. Augusta, naturalmente, reaccionó como si hubieran intentado vender multipropiedad en el tee del 1. Resultado: Wayne expulsado de por vida, y Gary, aunque no castigado oficialmente, quedó inevitablemente salpicado por la polémica.

Desde entonces, la relación entre el “Caballero Negro” y el club ha sido cordial en público, tensa en privado. Player sigue participando como starter, sigue sonriendo, sigue diciendo que ama Augusta. Pero también ha dejado caer, con la elegancia de quien sabe que tiene razón, que le duele no poder compartir ese campo con su familia. Y que, después de todo lo que ha dado al Masters, esperaba un trato distinto. Augusta, por su parte, mantiene su silencio habitual, ese silencio que suena a “aquí mandamos nosotros”.

Hoy la situación es una especie de tregua incómoda. Player sigue siendo una leyenda del torneo, una figura venerada por los aficionados y un símbolo viviente de la historia del Masters. Pero también es un recordatorio de que el Augusta National, por muy verde que sea su césped, no siempre es flexible. Y que incluso un campeón eterno puede encontrarse con puertas cerradas si se atreve a pedir algo tan revolucionario como jugar con sus nietos.

En el fondo, todo esto tiene un punto tragicómico. El club que presume de tradición familiar, de legado, de continuidad, se enreda en un conflicto precisamente por impedir que un abuelo comparta su templo deportivo con su descendencia. Quizá algún día cambien de opinión. Quizá no. Pero si algo está claro es que Gary Player, con su mezcla de orgullo, franqueza y sentido del humor, seguirá recordándoles que incluso en Augusta, donde nada cambia, a veces convendría aflojar un poco el grip.

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