28 de septiembre de 2020, 11:14:35
Opinión

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Una vez al año no hace daño

Por Valentín Requena

Está a punto de comenzar a disputarse el segundo grande del año que es el U.S. Open. Un torneo que tiene sus particularidades, como todos, claro, pero este se distingue cada año por sus tremendas dificultades.


Es como si los sesudos capitostes de la USGA se pusieran de acuerdo para masacrar a los sufridos profesionales que tienen la dicha de participar en un torneo de este porte. Es como si dijeran algo así: os vais a enterar de lo que vale un peine, pero claro dicho en inglés para que lo entiendan la mayoría.

Ya han utilizado todos los sistemas para incrementar la dificultad de los diferentes campos donde se han disputado las ediciones precedentes. Calles estrechas, rough de diez centímetros, donde se necesita una excavadora para sacar la bola, etc. etc. Parecía que el muestrario de dificultades se había agotado, pero no. Aún tenían algo guardado. Para esta edición del U.S. Open han echado arena como para hacer una playa en lugares donde antes había hierba y han sembrado una especie de arbustos de una altura considerable para hacer un poco más llevadero el hecho de que una bola se abra o se cierre un poco y vaya a parar a uno de estos lugres tan bucólicos que algún psicópata ha decidido poner en Pinehurst.

Es sabido que los resultados finales por debajo del par no abundan en el U.S. Open, pero creo sinceramente que como el campo esté como dicen todos los observadores, es seguro que un resultado de dos o tres arriba puede ser decisivo para la victoria. Para nosotros los amateres sería un martirio chino el jugar en Pinehurst, pero creo que para los mejores jugadores del mundo no debe ser así, al margen de que hagan peores resultados. No está mal, que por lo menos una vez al año, se enfrenten a un infierno de ese tipo. Tampoco hay que olvidar que el vencedor se llevará millón y medio de dólares, que seguro que ni usted ni yo, querido lector, nos llevamos esa cantidad en varios años.

Ignoro en este momento cuanta será la audiencia que este segundo grande de la temporada tendrá en la tele, pero seguro que serremos muchos millones los que permanezcamos pegados al plasma. Bien es cierto que el mundial de futbol le quitará algo, pero los que somos fieles elegiremos el verde y las arenas extrañas de Pinehurst. Los espectadores siempre queremos espectáculo del bueno, pero también nos gusta, por lo menos a mí, ver a los jugadores en dificultades para ver lo que hacen y aprender algo. Precisamente los golpes difíciles son los que se quedan en los discos duros y se recuerdan durante años. Los tiros precisos y espléndidos desde la calle y a ochenta metros de green no pasan a la historia aunque en ese momento aplaudamos. No olvidemos que estarán los mejores jugadores del mundo que son el espejo donde los, sufridos golfistas nos miramos y de los que aprendemos. Yo, particularmente, espero aprender de lo lindo.

De pronósticos ni hablo. Creo que ya he dicho alguna vez que me faltan dos fascículos para terminar el curso de adivino, pero a pesar de todo, siempre que he hecho alguna quiniela, confieso que ha sido un desastre. Lo que deseo es presenciar golf del bueno y que los chicos se diviertan, aunque el campo esté como para sufrir, pero una vez al año no hace daño.

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